Marcelo Barovero: El ídolo silencioso

Marcelo Barovero: El ídolo silencioso

En un fútbol donde a los jugadores primero se les pide el DNI, se los juzga -juicio que casi siempre concluye que si no tenés menos de 26 años, no sos rentable, y por ende, no servís- y recién ahí, son evaluados por sus actuaciones dentro del campo, apareció él.

Marcelo Barovero llegó a River con 28 años, y sin dudas ha sido un arquero que desafió profundos paradigmas dentro del mundo del fútbol: usualmente la imagen popular del ídolo es aquel que grita, gesticula, exagera, y trata de ganar la simpatía de la gente mediante frases demagogas. Pero él no entra en esa descripción, más bien representa todo lo contrario. Barovero se ha ganado el amor popular del hincha de River a través de su labor dentro de la cancha, y mediante valores como la humildad y la decencia, dos atributos que sin dudas hoy se encuentran perdidos dentro del fútbol.

Su historia en la Argentina se resume en un paso de 4 años en Atlético Rafaela, un campeonato en Huracán, otros 4 años en Vélez –donde ganó dos torneos y se consagró con la valla menos vencida en otro, recibiendo apenas 6 goles en 16 partidos- y su etapa más deslumbrante: Sus 4 años en River Plate, período en la cual nos enfocaremos.

Como ya hemos dicho, no hacemos referencia a un personaje promedio, él es diferente: fuera del campo nunca necesitó de complicidades mediáticas, y dentro de él jamás voló exageradamente, ni recurrió a gestos desmesurados como gritos e insultos al aire. Lo de Marcelo Barovero estuvo sustentado en méritos propios, y si bien hoy se ve a miles de chicos –y no tan chicos- con su ya patentado buzo verde, su idilio con el hincha millonario no fue inmediato.

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El éxito y los triunfos muchas veces borran los malos momentos en la memoria colectiva, pero lo cierto es que cuando llegó a la institución riverplatense, fue mirado de reojo por propios y extraños. Si bien tuvo buenas actuaciones desde el comienzo, también cometió errores que se tradujeron en críticas por parte de algunos hinchas de River. Rápidamente se me viene a la cabeza un fallo ante Tigre, y otro sustancialmente más recordado, que fue una floja salida ante Boca en el Monumental, lo que significó el gol de Walter Erviti y el empate del conjunto xeneize. Tampoco hay que olvidar una seguidilla de lesiones que produjo cierto malestar en el entorno del club.

Pero a pesar de todo, su fortaleza mental se mantuvo intacta, y a medida que pasaba el tiempo nivel mejoraba y los errores disminuían. Las lesiones también se iban quedando en el olvido. Pero estaba en River, y en este club la tranquilidad dura poco, y llegó una lesión contra Atlético Rafaela en la fecha 13 del torneo inicial 2014 que lo mantendría alejado de las canchas por 5 partidos. El equipo en ese momento estaba peleando la punta del torneo, siendo un serio candidato del mismo, y estas jornadas eran claves para llevarse el título. Él las tendría que ver desde afuera. Su reemplazo fue Leandro Chichizola, que tuvo unas actuaciones espectaculares, atajando un penal ante Estudiantes –equipo que disputaba la punta-, teniendo un magnífico encuentro ante Olimpo, y parando otra pena máxima en los últimos minutos ante Racing, lo que le propició a River medio título. Sin embargo Ramón Díaz le respetó a “trapito” su titularidad y disputó las últimas 2 fechas. River salió campeón y el “pelado” Díaz se iba de la institución, y con eso se planteaba una duda que no dejaba indiferente a ningún fanático millonario: ¿Debía seguir Barovero en el arco, o habría que darle la posibilidad a Chichizola? La verdad es que Chichizola se supo vestir de héroe en momentos de máxima trascendencia. No hay que olvidar que River venía de muchos años de sequía y este título significaba algo muy importante para el hincha, y daba la sensación de que era el momento de darle el arco al guardameta surgido en las inferiores del club, luego de ser ingrato con él en su paso por la B Nacional. El joven tenía todo a su favor: la edad, sus actuaciones, la épica y sobre todo, la identificación del hincha. No hay que ignorar la representación que siente el simpatizante con el chico surgido desde lo más abajo y que cumple su sueño. Pero esta pregunta se vio disipada rápidamente, ya que Chichizola no renovó con la institución porque le comunicaron que sería suplente de Barovero.

Con la llegada de Gallardo llegaban nuevos retos, y en poco tiempo vinieron los títulos, hecho que consiguió que la gente se olvide y no piense en ello, pero la realidad es que Barovero se veía ante un enorme desafío: si llegaba a tener algunos errores, el fantasma de Chichizola flotaría rápidamente en el ambiente popular, y con ello vendrían los murmullos, y la inevitable frase que diría algo así como “¿Viste que habría que haber dejado al pibe? Éste no conoce al club, no sirve”. Pero la fuerza mental del cordobés se impuso con una enorme autoridad, y lo más loable es que siempre lo demostró dentro del campo. Hubiese sido fácil recurrir a mensajes populistas para ganarse el amor del hincha y así evitar posibles críticas en el futuro, pero él no es así. Él demuestra el nivel en la cancha, donde se juega, y ni siquiera lo hace para las cámaras. Marcelo Barovero ataja por el amor de atajar.

Lo cierto es que desde la llegada del “muñeco” al banco millonario, su performance fue positiva, y dejó atrás la hipótesis ya planteada sobre su posible comparación con Chichizola. Los partidos iban pasando, River tenía un juego deslumbrante que enamoraba a todos, y las pocas veces que le llegaban respondía. Incluso consiguió una racha de 10 partidos sin recibir goles en el Monumental, ganándose por decisión unánime el título de “arquero de equipo grande”, haciendo referencia a aquel portero que va a recibir pocos remates en su contra, pero que responderá con solvencia ante ellos.

Y así los encuentros pasaban, los elogios llegaban y la sombra de Chichizola se fue borrando poco a poco. Pero llegó el día clave: el 27 de noviembre de 2014. River tenía la prueba de fuego: vuelta de la semifinal de Copa Sudamericana ante el eterno rival, y con el encuentro recién comenzado -apenas 14 segundos de juego- , llegó un error de Ariel Rojas que significó un penal para los xeneizes. Llegaba el momento culmine en la historia de “trapito” con el buzo millonario: si Gigliotti convertía el penal, nadie lo culparía, pero si lo llegaba a parar, se iba a convertir en un héroe por siempre y para siempre.

“Y ahora sí, da la orden Delfino, Boca va en busca de la final. Allí va Gigliotti al arco, Gigliotti, Gigliotti, Gigliottiiiiiiiiii….

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¡BAROVERO, BAROVERO, BAROVERO, BAROVERO, BAROVERO, BAROVERO, BAROVERO! ¡BAROVERO, BAROVERO, BAROVERO, BAROVERO!  ¡SE GRITA COMO UN GOL Y CRÉANME, CRÉANME QUE ES CASI COMO UN GOL! ¡ESTUPENDO BAROVERO, MAGNIFICO, MAGNIFICO, BRILLANTE BAROVERO! ¡EXPLOTA EL ESTADIO MONUMENTAL!”

Este fue el relato de Rodolfo De Paoli. Lo cierto es que para el hincha de River –por más que habían pasado 3 años- el descenso seguía significando una herida abierta y la eliminación en 2004 ante Boca era un estigma de difícil desarraigo. El equipo venía en un nivel sensacional, pero las presiones eran demasiado grandes y ese penal revivió todos los fantasmas al mismo tiempo, por eso la carga emocional que tuvo ese hecho fue incomparable. A partir de ahí, Barovero se convirtió en un ídolo emocionalmente imbatible para el hincha de River. Barovero hizo un gol bajo los tres palos.

Desde ese momento el romance fue casi idílico: los títulos llegaban sin parar, sus actuaciones eran sobresalientes, e incluso inventó una “atajada sin atajar” ante Tigres en la final de Copa Libertadores. Marcelo era el segundo capitán del equipo campeón de América en 2015, levantó la copa junto con Fernando Cavenaghi, y cuando éste dejó el club, la cinta fue para él. El amor de la gente era insuperable y nadie lo ponía en duda: lejos quedaba la figura de Chichizola y el hincha sabía perdonar incluso algunos errores en la Copa Sudamericana de ese año. Ya nada importaba, el amor era eterno. Y finalmente llegó el momento tan esperado por todos: el Mundial de Clubes.

El primer partido era contra el Sanfrecce de Hiroshima: allí las presiones las tenía el equipo argentino, y si perdía, las críticas iban a ser inmensas, por lo tanto, el miedo a perder era mucho mayor que la satisfacción de ganar. Para el aficionado, el triunfo era una obligación, y cuando la pelota empezó a rodar, rápidamente el conjunto millonario mostraba falencias claras en el juego. Se veía superado por el equipo nipón, y volvió a aparecer en su máximo esplendor la figura del capitán para salvar al equipo en varias oportunidades. Sus intervenciones fueron claves, y se seguía ganando el cariño de la gente.

Una vez superado el equipo japonés, llegaba el Fútbol Club Barcelona.

Como era de esperarse las diferencias eran obscenas y en el minuto 12 Messi tenía una clara situación de gol que Barovero supo tapar con una brillante estirada que quedará en la retina del hincha millonario más allá de la derrota por 3-0 que sufrió ante los catalanes.

Pero tres años y medio en River es un siglo en otro club, y el desgaste se hacía sentir. En poco tiempo comenzaron los rumores y el deseo del portero surgido en Rafaela por llevar a cabo una vida más tranquila se hizo insostenible. Decidió abandonar el club como un ídolo, siendo la antítesis del ídolo al cual estamos habituados.

Barovero rompió paradigmas, y demostró que la fortaleza mental en el arquero es casi tan importante como las cualidades técnicas. Se ganó al hincha siempre en el campo y eso es lo más valorable: nadó contra la corriente que impera en el fútbol argentino, y la venció. El público lo ama, y los compañeros lo reconocen. Marcelo Barovero ha representado para este fútbol una enorme cuota de oxígeno, un oasis en el desierto, y simboliza la esperanza de un cambio. Derribando mitos que indican que el ídolo sólo puede consagrarse como tal a través de la demagogia, gestos exagerados, insultos a los rivales, y actitudes polémicas. Ésta es la historia de Barovero en River, el ídolo silencioso, que solo habló bajo los tres palos

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Lucio Stortoni Ruiz
Equipo de redacción | Areaarqueros.

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Diego H. Rodriguez

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